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Aty,
Esteban y yo
Era un viernes, un viernes como otro cualquiera. Un día en
que parecía que todo el peso del fin de semana se desvanecía ante la probabilidad de dos
días subsecuentes de descanso o de solaz. Por lo menos para todas las demás personas,
porque la vida del estudiante de Medicina es un venir de exámenes difíciles y turnos
agotadores. La tarde de ese día me dirigía a la casa de Paty a estudiar para mi examen
parcial de la siguiente semana. Bueno, llegué a su casa, nos acomodamos como siempre a
estudiar en su cama a sabiendas que más tarde que temprano terminaríamos enredadas una
en la otra haciéndonos el amor desenfrenadamente. Pasadas unas dos horas de leer algo de
Pediatría, un poco de Psiquiatría y mucho de platicar, sus manos comenzaron a deslizarse
disimuladamente por mi cuerpo. Yo ya sabía que al comenzar Paty con eso, no iba a parar
hasta lograr que ambas alcanzáramos un orgasmo fenomenal. Paty entonces vestía unos
shorts de licra cortísimo y una blusita. Así que sus piernas desnudas hasta lo más alto
de sus muslos se abrieron de par en par y abrazaron mi cuerpo prensando mis caderas, sus
brazos rodearon mi espalda y su boca se juntó con la mía estampandome un besote candente
y profundo. Yo jamás había podido rechazar en ningún momento a Paty cuando comenzaba
aquello. Era como un vicio que llevaba en las venas, anclado en lo más profundo de mi
vientre, que me desbocada en un desenfreno ardoroso y me hacía que me perdiera a sus
manoseos y caricias. En aquel punto, ya nos encontrábamos calentísimas, destilando un
fino sudor que bañaba ricamente nuestros cuerpos desnudos por completo, sin importarnos
que al besarnos mutuamente nos quedaba el sabor salado de nuestras pieles. Embelesadas
como estábamos, no nos percatamos que no habíamos echado el cerrojo a la puerta y de
improviso, el mecanismo giró, abriéndose la puerta de par en par, dando paso a la figura
hosca y varonil de Esteban, el padrastro de Paty.
Escuchar el chasquido de la puerta al abrirse y buscar rápidamente nuestras ropas para
cubrirnos escasamente, ocurrió en milésimas de segundo. Aquello nos había tomado
totalmente por sorpresa. Meses de encubrir cuidadosamente la relación que Patricia y yo
manteníamos se habían ido al carajo por un pendejo descuido. Paty no hallaba ni las
palabras para explicar aquello ni la forma en que su ropa debía cubrir su cuerpo, pues
apenas se tapaba el pecho con su blusita. Yo en cambio, traté de mantener la calma y me
puse la blusa, cubriendo mis piernas y caderas con una cobija.
-¡Papi!. -
dijo asombrada y nerviosa Patricia (desde siempre había tratado a Esteban como a un
padre)- Disculpa... yo... nosotras...
-Disculpen ustedes -dijo-.
Debí haber tocado antes de entrar y... bueno, no quise interrumpir; no me imaginé que
estuvieras ocupada. Permiso...
Esteban dio media vuelta y ya iba a salir del cuarto, pero Paty lo detuvo.
-Espera, papi... no le vas a contar a mami, ¿verdad?...
-Bueno, no sé... No sé... Tú me entiendes que algo así no se lo puedo ocultar...
-No se lo digas. Ya sabes como es mami. Si se entera me va a matar...
-Es que... no salgo de mi asombro -quedó pensativo.
Mientras yo había notado que su mirada le costaba despegarse de encima mío. Era obvio
que yo le atraía desde hace mucho tiempo, pero como él siempre ha sido un tipo recto,
temático, jamás me había dicho nada ni me había hecho ninguna proposición. Después
de un momento dijo:
-No se lo cuento si me prometes que se lo contarás tú misma en breve tiempo. Debes ser
sincera con tu madre sobre algo tan importante.
-Eso no me ayuda, papi. Mi mami es muy rígida. Ya la conoces.
-No puedo Paty, entiéndeme.
Un sollozo comenzó a descomponer el rostro de Paty. Yo también conocía muy bien a su
madre y sabía lo severa que podía ser estando enojada. Hasta ese momento me había
limitado a ser una espectadora en espera que el buen juicio, mas que la rectitud de
Esteban acudiera en auxilio de Paty. Pero al darme cuenta que era en vano decidí jugarme
una carta para salvar a mi amiga.
-Oiga, Esteban, ¿y si lo convencemos que no lo haga? -le dije al padrastro de Paty.
-No pueden de ninguna manera. Estoy decidido. Es mi deber moral.
-Y ¿si yo le dijera que tengo una forma muy efectiva de convencerlo? -le dije.
-No veo de qué forma... -respondió.
-De ésta... Ya todo lo tenía craneado en ese momento. Al decir estas últimas palabras
yo me levanté de la cama. Al hacerlo, la cobija cayó al suelo, descubriendo por completo
la parte inferior de mi cuerpo y mi mano buscó certeramente su entrepierna. Puedo decir
que mi mano fue insuficiente para lo que toqué. Esteban me dejó profunda y
agradablemente sorprendida al darme cuenta que su miembro erecto por debajo de sus ropas
llenó y rebalsó mi mano. Quizás Esteban trató de rechazar aquello que aparentemente
estaba fuera de todos sus principios, pero ante la visión de mi cuerpo semidesnudo,
cubierto apenas por mi blusa, desorbitó sus sentidos y me abrazó con fuerza, besandome
en la boca y asiendo mis nalgas desesperadamente. Hasta ese momento me di cuenta que
aquella treta tenía doble filo, pues Paty cabizbaja comenzaba a salir de la habitación
ropa en mano. Aquello iba a traerme consecuencias muy serias con mi novia y tenía que
pensar algo rápidamente.
-Espera, Paty -dije- no te vayas, amor...
Y la halé por un brazo, prendiéndome de sus labios sin soltarme del abrazo que me
subyugaba al cuerpo de Esteban. Paty nos abrazó a ambos y nos besamos, nos besamos los
tres a pautas, a veces Paty y yo, a veces Esteban y yo, a ratos entre ellos. Poco a poco
las ropas de Esteban cayeron sobre la cama y quedamos los tres totalmente desnudos,
envueltos en roces excitantes y frotaciones deliciosas.
Poco tiempo después los tres caímos en la cama, trabados en un revoltijo de carnes
trémulas y calientes.
Yo metí mi mano derecha en la entrepierna de Esteban y tomé con ella encajándola en mi
boca sin dejarle tiempo a pensar nada. Él volvió a ver a Paty desconcertado, como no
creyendo lo que le estaba haciendo, pero ésta se limitó únicamente a dibujar una
sonrisa picaresca y maliciosa en sus labios. Paty entonces separó mi mano y con una de
las suyas empezó a masturbar a Esteban, sólo que yo no retiré ni un instante mis labios
de la suave succión que ejercía sobre su glande. Pero apenas lo solté, la boca de Paty
se apropió de él de la misma forma y continuó con la faena. Esteban estuvo a punto de
eyacular en al boca de Paty, porque ésta, no sé cómo se dio cuenta, ahuecó la palma de
su mano derecha presionándola fuertemente sobre su glande por unos segundos mientra
Esteban se estiraba apocalípticamente y dejaba escapar un gemido sordo y ronco.
La mirada de Paty se clavó en mis ojos, sonrió y me dijo: -Casi termina...
La combinación de la dulce sonrisa y el cuerpo desnudo de Patricia despertó en mí con
más fervor aquel deseo irrefrenable que siempre he sentido por ella. Me le acerqué y
besé sus labios uniéndolos a los míos fuerte y profundamente. Mi lengua se entrampó de
nuevo con la de ella en un combate húmedo y delicioso. De cuando en cuando, separábamos
nuestras bocas un poco, y girábamos las cabezas en dirección a Esteban, pero nuestras
mejillas seguían juntas, y las comisuras de nuestros labios aún en contacto, sólo por
ver si el padrastro de Paty estaba disfrutando el espectáculo.
Patricia y yo caímos de plano sobre el colchón en una especie de forcejeo. Como siempre
nuestra contienda era por tratar de que la otra quedara debajo, pelea en la cual ninguna
daba ventaja a la otra. Pero la mayor corpulencia de Paty inclinó la riña en su favor y
poco tiempo después tuve que someterme a su poderío. En cierto momento Paty, en virtud
del dominio que ejercía sobre mí y debido a su mayor peso, se deslizó tan rápida y
ágilmente como una serpiente hacia mis piernas y con su boca aprehendió mi vulva que se
partió en dos al ser escindidos los labios mayores por su lengua. La succión vino luego,
como si deseara sacar algo de dentro. Aunque estaba al borde de la locura, recuerdo que me
deshice en un rosario de gemidos espasmódicos. Comencé a girar en plano horizontal, como
si mi sexo fuese el eje de esa rotación y busqué también el sexo de Paty, hasta que
quedamos en la conocida posición del sesenta y nueve.
Ya en esta postura, ninguna de las dos tenía pleno control sobre la otra. A veces era
Paty quien me hacía delirar, y a veces era yo quien despedazaba de placer a aquella.
De reojo vi que Esteban había salido de su letargo y cómo se aproximaba a nosotras. Con
un escueto gesto me indicó que lubricara su dedo con saliva. Separé por unos momentos mi
boca de la vulva de Paty y cuando lamí el dedo de Esteban. Éste se introdujo en el ano
Patricia se sobresaltó mientras el objeto grueso se introdujo totalmente en su recto
mientras mi lengua invadía nuevamente su vagina.
Casi simultáneamente, el estremecimiento tomó por completo mi cuerpo también, pues un
dedo de la otra mano se incrustó en mi ano. Esteban nos tenía a las dos empalmadas por
el culo mientras hacíamos el sesenta y nueve. Contrario que con Paty, el dedo de Esteban
entraba dificultosamente en mi ano, pero él sacó sus dedos de nuestros anos, nos hizo
que los lubricáramos de nuevo en nuestras bocas y los volvía a meter. Así lo repitió
varias veces. Al inicio de esta operación, las falanges entraban con dificultad, lo que
me produjo un poco de dolor, pero no cedió en su intención hasta que los hubo hundido
hasta la raíz. Luego, a medida nuestros orificios eran lubricados por nuestra propia
saliva, las incursiones eran más fáciles y suaves.
No soporté más. Quizás Esteban no sabía lo que me encanta l sexo anal, pero Patricia
lo conocía de sobra. Así que cuando yo me puse a gatas, después de liberarme de los
brazos de ella y del dedo de él, mi chica sabía exactamente qué era lo que yo
quería...
Pero en lugar de la embestida de Esteban sucedió otra cosa.
Paty, dirigiéndose a Esteban le dijo:
-Ven, papi. Abrí a Nancy...
Esteban no entendió lo que Paty le dijo... ¡Y yo tampoco!
-¿Qué? -preguntó desorbitado.
-Que la abras -dijo colocando con las suyas las manos de Esteban sobre mis nalgas. Aún no
entendía yo lo que Paty quería, pensaba que iba a empotrarme algún dedo o algo en mi
culo; Esteban separó mis nalgas con mucha fuerza, demasiada. Al momento mi ano y mi vulva
quedaron expuestos. Un intenso dolor, un dolor ardiente en mi trasero me hizo gritar:
-¡¡Aayy!!, Esteban. No me abra tan fuerte.
-Disculpe -dijo aflojando un poco-, no quise lastimarla.
-No, papi -dijo Paty-, así está bien... Va a sentir dolor al principio, pero después ya
no. Mejor abrila más.
Volvió la vista hacia Paty con una mirada de confusión, si aquello me había dolido
mucho, al separarme más las nalgas podía incluso producirme un desgarro.
Ella percibió mis pensamientos y dijo:
-Hacelo, no te preocupe, no se va a rajar, esta Nancy tiene un culo bien resistente, no
creas que es la primera vez; además, yo sé lo que estoy haciendo.
-Si insistes -dijo Esteban.
-Haga lo que dice Paty -dije cuando él volvió a verme como pidiendo mi consentimiento.
Y sus manos volvieron a dividir mis nalgas, esta vez lenta pero mucho más vigorosamente,
y tuve que enterrar las uñas en la almohada y lanzar un alarido como para ser escuchado a
una cuadra a la redonda.
-Así está bien -dijo Patricia. Y seguidamente se prendió con sus labios del minúsculo
agujero, besándomelo y lamiendomelo. Me estremecí en lo más hondo y empecé a gimotear
como lo hace las gatas al hacer el amor. La lengua de Patricia lamía mi ano en todo su
derredor y dentro de él, sin asco y sin prejuicios de ningún tipo y se esforzaba mucho
tratando de traspasar inútilmente en el minúsculo hoyo, sin embargo, las contracciones
de éste le permitían cierto acceso y ello me hacía enloquecer. Por momentos se afanaba
con el minúsculo orificio y luego con la velluda grieta que estaba más abajo. Los labios
de Paty soltaron por fin mi trasero.
-¿Te gustó? -preguntó Paty.
-¡Aahh, sí!, pero también me dolió mucho -dije mientras se sobaba procurando darme un
poco de alivio.
-Esta Nancy -dijo Paty dirigiéndose Esteban- siempre dice lo mismo. Mire, papi, no es la
primera vez que se lo hago y siempre dice que le duele.
-Porque eras tú. la que estaba en mi lugar estás diciendo eso, si no...
-¡A mi no me duele tanto!.
-¿No?, ¿Mentiras son? Tú también eres una chillona -le acusé- ¿O ya no te acuerdas
de los gritos que pegas? -dije un poco encolerizada.
-Mira, Nancy no seas tan pajera. y para que veas te lo voy a demostrar ahorita mismo.
Paty se puso en genupectoral, agarrándose las nalgas blancas e inmensas con ambas manos y
las separó de cuajo, mostrándome su ano agrandado por la maniobra.
-¿Ya viste? -dijo Paty- lo que pasa es que sos una llorona.
-No jodas, Paty -contesté- Esteban me abrió más que eso.
-¿Así? -dijo Paty y separó más sus nalgas.
-No, más...
-¿Así?
-Más... más... más...
Paty se esforzaba mucho por demostrarme que podía llevar aquello hasta donde a ella se le
antojara. Hasta que al fin su ano era un orificio estirado y tenso a través del cual
podía observar parte de su mucosa rosada expuesta.
Aquello como que me hubiese vuelto loca porque sin rodeos le entré con todo sumergiendo
el rostro entre las nalgas de Patricia y lamiendo deliciosamente el orificio trasero.
Ésta gemía y disfrutaba cada lengüetazo. Yo le tomé las manos a Esteban y le dije:
-Vaya, Esteban, ábrala más a ver si es cierto que aguanta.
Esteban repitió la maniobra que me había hecho a mí. Paty gritó por la violencia de la
apertura mientras yo sonreía complacida de mi revancha y seguí lamiendo el ano ella. Me
dí cuenta casi de inmediato que el trasero de Paty era mucho más manejable que el mío,
pues Esteban parecía agarrar sus nalgas y abrirlas con más facilidad y su ano era más
complaciente a las maniobras. En cierto momento, tomé una de las manos de Esteban y
empapando uno de sus dedos con mi saliva le hice que lo restregara con firmeza contra el
ano de Paty y que lo enterrara en éste. La chica se sacudió al sentir algo dentro de su
recto y empezó a mover las caderas tratando de que el dedo se encajara más dentro de
ella. En tanto yo allanaba su vagina con mi lengua.
De nuevo mi culo empezó a pedir a gritos la penetración y así se los hice saber. Ambos
es tuvieron de acuerdo en ser yo la primera en ser penetrada. Me coloqué a gatas
nuevamente mientras Paty le mamaba la verga a Esteban para prepararla; luego ella separó
mis glúteos con sus dedos pulgar e índice y lubricó mi agujerito con una gel. Después
con una mano tomó el pene de su padrastro por el tallo y lo apuntó hacia mi reducido
agujero y lo soltó en el umbral, justo cuando el glande desapareció dentro de él. El
resto dependía de Esteban. Sentí cuando fue hundiéndolo lentamente a fin de no
producirme mucho dolor, pero era imposible porque siempre al inicio de una de estas
penetraciones de este tipo, un dolor horrible hace presa de mí. Con brusquedad me tensaba
y revolvía mis caderas sin poder encontrar la forma de que el órgano entrara. Gritaba e
hincaba mis dientes y mis uñas en la almohada, a medida que la verga se iba sumergiendo
en mi cavidad anal lubricada. Por unos segundos el espasmo que me produjo la penetración
le impidió los primeros movimientos, pero Esteban sin misericordia comenzó a entrar y
salir de mi culo revolviéndome los intestinos aún en contra de la resistencia de mis
tejidos.
Paty por su parte trataba de ayudarme manteniéndome quieta para que no se fuera de cara
contra alguna pared y también agarrando con sus manos mis glúteos y abriéndolas en
bloque para explayarme el ano para que el garrote se zambullera con más facilidad.
Muchísimas veces había tenido sexo anal anteriormente, pero no sé porque esta vez mi
recto no se acostumbró al tamaño o al bombeo del miembro aquel, y el dolor no aminoró
ni un poquito. No resistí por mucho tiempo el embate trasero y como pude me deshice del
pene y caí desplomada sobre la cama, dolorida y sudorosa.
-Ahora me toca a mí -dijo Paty riendo mientras aplaudía emocionada- Esta Nancy es una
maricona, no aguanta nada.
Y lubricándose ella misma el recto, se colocó a gatas, abriendo las piernas mostrándole
las nalgas a Esteban y exponiendo su minúsculo agujero y su rajadura enorme al aire
libre.
Cuando volví a mis cabales, Esteban ya tenía empalmada a Paty por el culo. El ano de
ésta ya no era la depresión oscura apenas insinuada, de hace unos momentos, sino una
enorme caverna entre sus nalgas, ajustada alrededor de la verga como un anillo carnoso
Yo no podía perderme de aquel agasajo, así que pasando mi cabeza por debajo de Paty,
busqué con mi boca su vulva hasta que la capturé nuevamente, mientras ella hacía lo
mismo. O sea, que Patricia y yo habíamos quedado de nuevo en un sesenta y nueve, yo
debajo de ella y Esteban bombeándola por el ano.
Paty alcanzó el orgasmo rápidamente. Su vulva comenzó a manar con cierta abundancia una
secreción hialina, algo pegajosa. Lanzó un gemido largo y grave y se desplomó sobre la
cama. Esteban casi en el mismo momento alcanzó el suyo también y como yo había quedado
bajo de él al caer Paty, empezó a ordeñar su verga sobre mi rostro. Me apresuré a
tomarle el pene en una mano y lo capturé entre mis labios al mismo tiempo que Esteban
derramaba un torrente de semen, viscoso y salado. Pero no me lo tomé de un sólo; me
recosté sobre Paty besándola en la boca y cuando ésta abrió los labios, todo el semen
pasó a la suya, aumentada por mi saliva. Al recibirlo por completo, ella cerró la boca y
lo disfrutó unos momentos. Al final, lo vació sobre mi rostro y empezó a rozar sus
mejillas, su barbilla y sus labios contra mi cara, esparciendo así el líquido.
Así nos quedamos un buen rato, ella sobre mí, descansándonos de la maratón que
habíamos tenido. Nos quedamos dormidas por el cansancio o por el desvelo de la noche
anterior, porque habíamos estudiado hasta bien de madrugada. Cuando despertamos Esteban y
se había levantado y había tenido la amabilidad de cerrar la puerta con llave.
Afortunadamente no le contó nada a la mamá de Paty. Gracias a eso y a mi ocurrencia,
ella y yo pudimos seguir manteniendo aquella relación por mucho tiempo.
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